sábado, 16 de abril de 2016

¿Dónde dormiste anoche, muchacho triste?

You were mine, my enemy, piensas

mientras tu mano asfixia el sueño.

Nunca he encontrado a dios.

Dios es la música que rompe tu espejo.

I'm so lonely, but that's okay,

somos los solos.

Es el fin del mundo,

sálvame, sálvate,

desgarra tus arrepentimientos.

Everyone is gay; también lo opino

y me siento bien.

Aprende a hablar de nuevo conmigo,

ven a cantar una canción tibia.

In the sun, in the sun

las llamas en tus ojos entonan

al espíritu adolescente,

tu alfabeto de aneurismas y abulia.

Todo debe ser dicho,

sálvate, sálvame,

sí, hey, tú, muchacho triste.

Deja arder el litio, explota tu impulso invencible,

mas no anestesies este presente

con suplantadores que masturban

el pasado.

Quiero abrazarte,

hey, sí, tú, muchacho triste.

No desaparezcas, no eres tu ego,

tampoco el fracaso.

Dirty dirty dirty

despidamos los días oscuros con sexting.

MTV After Hours: Incesticide.

Es el fin del mundo y me siento bien;

Terry Riley nos espera en un agujero negro,

cargado de stamina y funk,

In C, the whole night through.

Pain pain pain

no mientas,

let's talk about someone else.




Para Alberto



--
* Agujero negro, según Douglas Coupland, es un “subgrupo de la generación X bien conocido porque sus prendas de vestir son casi siempre completamente negras”. 


Zazil Alaíde Collins


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jueves, 18 de febrero de 2016

Steinbeck y su viaje por la península de Baja California Sur *

Como el triste corrido de los cachanías sudcalifornianos versa, “Adiós, adiós, me voy de aquí muy lejos,/ voy a buscar consuelo a mi amargura./ Adiós, me voy cargado de tristezas,/ llevándome mil penas, buscando otra aventura.”[1], John Steinbeck se alistó en compañía de su amigo Ed Ricketts y una pequeña tripulación por las aguas del Golfo de California, probablemente sin tantas penas, aunque en temporada de depresión y guerra.
Steinbeck nació en 1902 en Monterey Country, California, estado que fue el principal escenario de sus obras, como Tortilla Flat (1935) o la reconocida Uvas de la ira (1939). Durante algún tiempo, estudió biología marina en Stanford, por lo que se entiende su estrecha amistad con Ricketts y el interés por vincular su oficio como escritor con la naturaleza y la filosofía que de dicha relación deriva.
Sortear las aguas del mar de Cortés inspiró a Steinbeck para escribir The log from the sea of Cortez (Por el mar de Cortés), un diario de viaje construido a la luz de los recuerdos —fue publicado en 1951—, notas tomadas durante la empresa y un listado taxonómico que recabara, principalmente, Ricketts y que, años más tarde, el mundo universitario reconoció, al nombrar a tres tipos de anémonas de mar como Palythoa rickettsii, Isometridium rickettsi y Phialoba steinbecki.
Dejando atrás el dato wikipediano, el trabajo de recolección de Steinbeck y Ricketts desembocó en una prosa que destila mar y que, incluso, fue el motor de otra de las novelas desgarradoras del Nobel, La perla (1947), contextualizada en La Paz, Baja California Sur, y retrato, casi fiel, de la pobreza y discriminación vivida por los indígenas que se dedicaban a la extracción de la perla. Claro que también los mitos y leyendas de la localidad se traslucen en dicha obra, llevada al cine por Emilio Fernández, poco después de publicada.
Por el mar de Cortés narra seis semanas de viaje —aproximadamente 4,000 millas recorridas en 1940—, a bordo de la embarcación Western Flyer, el sardinero que fungió como el mirador de Steinbeck. Como toda bitácora, describe usos y costumbres, los saludos acondicionados, el trato de la gente, sus oficios navegantes, y retoma un poco de la historia regional, como el origen y significado de la voz “California”. A lo largo de las páginas, el mar se retrata como una metáfora de la vida, pues poseemos océanos personales, con abismos, manchas, mareas altas y bajas que nos mecen en goces, listos para descubrir, silencios que sortear, vidas que mimetizar o devorar; además, “el que ha nacido junto al océano, no puede sentirse feliz si está lejos de él durante mucho tiempo”.
En medio y a las orillas de los páramos, el mar de Cortés y sus playas negras, la tibieza del agua y las salinas, se abren a la reflexión, en un tono confidencial, como el de toda literatura de viaje, desde Marco Polo, Darwin, los misioneros jesuitas, hasta Stevenson, Salgari o Defoe. Los aventureros forjan historia.
En Por el mar de Cortés, la noción del tiempo contrasta entre los occidentales, encarnados por la tripulación del Western Flyer, y los pescadores indígenas, siempre tristes para Steinbeck, en medio de un panorama melancólico y espectral. Más interesante hubiera sido la visión del autor, de haberse adentrado en las rancherías fantasmas del desierto sudcaliforniano, en los bordes de los oasis o en las cumbres de acantilados con panorámicas a cuevas habitadas por ratones rupestres, cazadores gigantes o resquicios de calcio animal.
En la cubierta, la lectura nos lleva a preguntarnos por la conservación de las especies, esa interminable lucha en la que estamos metidos, sin haberlo querido, pero sí elegido. A la luz del análisis, nuestras vidas quisieran semejarse a los bríos que sigue un morador en el ano de un pepino de mar: entrar y salir; las más veces, permanecer dentro, pálidos, pero protegidos, a veces acompañados, sin tener que marchar, a diario, con el pretexto de buscar un sustento y nunca más volver a casa: la condena del hombre, pues —escribe Steinbeck— “es el único animal que vive fuera de sí mismo, cuyo estímulo son las cosas externas… propiedades, casas, dinero, ambición de poder”.
La reproducción de los viajes de los escritores constituye una potencial materia de estudio para los morbosos, ya sea a través de Google Earth (donde pueden visitarse las referencias geográficas de la obra de Shakespeare) o empuñando mapas y trazando las rutas que nuestros admirados siguieron, al igual que aquellos conquistadores emprendieran con el éxtasis de la fiebre del oro, ávidos de historias de caballerías. Por ejemplo, del viaje de Antonin Artaud a la sierra Tarahumara se han lanzado expediciones, documentos conmemorativos, eventos como la “semana Artaud” y cuasi paquetes de turismo eco-cultural; los paisajes que atrajeron a Rulfo, el andar del Cid o el Quijote son otros trayectos, pero el viaje de Steinbeck corre con una suerte más cientificista.
Un impulso de interés biológico entre el Instituto Nacional de Ecología y la Hopkins Marine Station de Stanford desarrolló el “Proyecto de Expedición y Educación del Mar de Cortés”, para “monitorear la fauna de invertebrados en las mismas localidades intermareales” que Ricketts y Steinbeck estudiaron. Dicho proyecto pretende rastrear el camino de los calamares gigantes, así como recolectar especies para el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, en La Paz. Los puertos de salida y alojamiento son casi los mismos que los que visitó el Western Flyer, de Monterey a San Diego, Bahía Tortugas, Cabo San Lucas y Cabo Pulmo, la isla del Espíritu Santo, La Paz y su mogote, Puerto Escondido, Loreto, Bahía Concepción, Santa Rosalía, Guaymas, entre otros.
Por el mar de Cortés puede tomarse al pie de la letra, ya que si algo continúa generando magia (de añoranza) en la península es que, hoy en día, muchos puertos y muelles conservan la silueta, a pesar de las aguas dragadas, la inserción de consorcios de inmobiliarias extranjeras y la desproporcionada compra-venta de terrenos federales. El volumen puede atenderse como un manual de sugerencias e incluso la voz de la conciencia, dentro de un paraíso en medio del desierto.
Durante la travesía, tanto las miradas de los pobladores (“Sus ojos oscuros tienen unas curiosas lucecitas rojas en las pupilas. Son una gente soñadora.”), como de Steinbeck y Ricketts, se antojan igual de traslúcidas que las de los ojos perdidos de Henry Ford, en busca de la tierra prometida californiana, en el filme The grapes of wrath, cuyo guión, desde luego escrito por Steinbeck, fue nominado a un Oscar en 1940.
El instinto de supervivencia (de “los de abajo”) es el drama de los hombres al defender sus tierras de ser aplastadas por extraños que no han echado raíces ni querencias, y es un tema que Steinbeck supo comprender —léase como hipótesis—, gracias a su espíritu medita-errabundo que también le impulsó a desempeñarse como corresponsal del New York Herald Tribune, durante la Segunda Guerra Mundial. Como escritor, Steinbeck toca las fibras de la coexistencia, a través del diálogo y la observación humana; Por el mar de Cortés es una de las mejores pruebas, al ser un libro de amistad, de un autor que bien puede ser recordado los 27 de febrero, el “día Steinbeck”.

Zazil Collins




[1] “Playas negras”, compuesto por José Guadalupe Mendoza.


* Publicado en la revista Metapolítica, v. 13, n. 64, marzo-abril de 2009

sábado, 6 de febrero de 2016

Oz [para Chant]

Toca las puntas de tus zapatos rojos y di: “Quiero estar lejos de casa”.


Cuando el ojo de la liebre deje volar cien pájaros por tu tristeza, bordea el remanso de silencio donde emana la bocanada, el agua y pálpito de los sin rumbo.
Los ahorcados marchan a Amarillo para cerrar su cicatriz al mar con la acústica del meridiano; Oz existe en el acimut: es un canto de garganta del búfalo en rapto.
La dulzura del sin dios se agota cuando engañamos los recuerdos: Amarillo se nos hundió en las manos pero los músicos siguen a flote la tónica desafiante del sin espíritu
que murió cuando el poeta maldijo la noche de un paraíso sin nubes. En cada nota de hoguera, a donde sea que llegues, intenta ser una palabra plena.


Zazil Alaíde Collins




Concierto descargable a partir del 1 de marzo:
http://www.oinkartistas.com.mx/

domingo, 6 de diciembre de 2015

México-Egipto

Nos hemos conmovido, de una manera u otra, por la violencia con la que hemos crecido, cada vez más expandida, cada vez más radical. Nos preguntamos por la lógica de la violencia, y es imposible comprender los intereses fácticos tras telones. ¿Para qué más capital centralizado? Bordeamos el salvajismo, y nos hemos vuelto cada vez más indiferentes. Hemos enfermado. Unos creen que es el cumplimiento de un destino lo que justifica las atrocidades, otros sólo opinan que no podemos hacer nada. Por todos los rincones, hemos perdido amigos en medio de batallas de intolerancia que no sabíamos que existían, hasta que nos tocaron. Y arrecia el sol. La serenidad de los desiertos también se enfrenta con la desolación de la pobreza y sus rescoldos. Las primeras imágenes que vi en Egipto me recordaron al Bordo del Estado de México: el abandono. Construcciones sin terminar, cúmulos de basura por las calles y un tráfico insistente, aun en la oscuridad, junto a la sensación del tiempo regresivo. De día, desde un ventanal, el color caqui resalta en el edificio de enfrente y el cielo despejado contrasta con el polvo en los balcones y las bocinas por las que la oración se escucha cinco veces al día. En la esquina, se lee en una pared “Misr Insurance” (Seguros Egipto). Repaso el sabor del pistache y el acitrón. En mi paladar, pepino, jitomate, quesos e higo. Mi lengua se refugia en el dátil, pero el ruido no cesa en Tanta; se cuelan los cláxones de los coches, las motos y tok tok.
*
Altazor, extraño el blanco de mis paredes y el silencio, pero observo en la madrugada a dos mujeres —ataviadas con burkas y guantes negros— que caminan y juguetean tranquilas en la calle y percibo una extraña calma (ya olvidé cuándo comencé a caminar cuidándome los costados); los cafés siguen abiertos. Conversar o fumar shisha mientras se ve el partido de fútbol o sólo el pasar de los coches es un refugio acostumbrado. Cada claxon asemeja los cortes lingüísticos, las intervenciones abruptas en las narraciones de los otros, las invocaciones de un tiempo no cronológico que también se guía con la musicalidad. “Siempre que hay una reunión internacional la policía escolta los vehículos”, me explican con normalidad… El camino a la universidad está resguardado por militares, con base en un discurso de seguridad que sitia a los jóvenes. ¿Y la primavera árabe? (El antropólogo Samuli Schielke prefiere llamarla Stormy Season.) Todo centro de discusión merece libertad de pensamiento, y en dicho contexto la poesía se presenta como una semilla (eso nos gusta pensar). Veo estudiantes asentir la lectura de un poema, como gesto de la interiorización de una idea, una pregunta, un pellizco. 
 
El lema “Pienso, luego me desparecen” es común para países de “democracias” militarizadas y monarquías que decapitan, crucifican y flagelan conciencias, durante años. Me alegro porque veo a jóvenes sonreír. Mientras escucho anécdotas impotentes sobre Alí Mohammed al-Nimr y Raef Badaui, de Arabia Saudita, leo que en México se pretendía imponer la policiaca Ley Fayad, clave para la legalización de la opacidad, a través de la intolerancia y el fanatismo moral de una clase política. Se me agolpan estas historias cuando en algún punto del mundo los poetas condenamos lo inhumano, reunidos en una pizzería. “No hay voto para nadie”, alguien dice a lo lejos. Ahora escribo estas líneas y el poeta Ashraf Fayadh ha sido sentenciado a muerte por el gobierno de Arabia Saudita; él, que le escribió un poema al bigote de Frida Kahlo. En México siguen desapareciendo y asesinando a periodistas, y mujeres que regresaban solas a casa.
*
Desde su origen, la poesía ha buscado encantar la tierra. Las tradiciones líricas de los desiertos son cantos de labor que buscan la colaboración de la naturaleza. La nostalgia del rebab remarca las arrugas profundas de las y los cantantes de mawwal y shaabi, a quienes comprendo, sin conocer la lengua, porque es notoria su narración poética: son canciones sobre la pizca del algodón, me cuentan. Los poetas también cantamos sobre los cardos, el mar, el trabajo; podemos reconocer en los rostros la humildad y el esfuerzo de quienes buscan una vida digna, un anhelo universal por compartir, en paz, las alegrías. Para ellos escribimos; para ellos vinimos a leer. Nuestro rito de observación, silencio, meditación e infinitos cuestionamientos se asemeja a una danza tanoura: los gestos, los colores, los movimientos de faldas. 
En Tanta conocí el trance de los derviches, el comienzo de una catarsis en la que repito los versos de Cavafis: “Ve a muchas ciudades egipcias/ a aprender, a aprender de sus sabios”. Subo a un tren camino a Alejandría, con el deseo de pisar un nuevo puerto; cada año intento viajar al mar, a nuevas islas. Frente al malecón, una península profunda se abre al azul pastel del cielo. La gente almuerza pan árabe y dátiles viendo al mar, parados porque las bancas están destruidas. Estas playas me hacen pensar en el Hidden Valley de Safaa Fathy, cuya voz tocó mi corazón cuando visitamos el país de las nubes el noviembre de hace once años; desde entonces imagino una casa de playa en ruinas, donde ruedan palabras sobre heridas que deben cerrar. En duermevela escucho una tormenta y el agitado oleaje del Mediterráneo, el mar de los desplazados, los ahogados. La ciudad amanece inundada, y el tranvía detenido para evitar cortocircuitos. Las actividades en las escuelas y la Biblioteca Alejandrina se han suspendido. Sorteamos los charcos rumbo a un departamento, en un segundo piso que fuera la casa de Cavafis; si hoy viviera, desde la ventana podría ver un tendedero en el patio de una casa tomada. Qué cotidiano puede ser el futuro desde una cama vacía que recrea pasajes íntimos. Aquí también vivió Stratis Tsirkas.   
*
Mubarak encarnó el peor periodo de la historia moderna, se sostiene en una discusión entre colegas. “Hace unos años nunca hubiera creído que vería tantos cambios como ahora”, me platica un escritor que dejó atrás la clase media. Su padre, sin carrera, se esforzó para que él y sus hermanos estudiaran; hoy esas transiciones socioeconómicas parecen imposibles. Los profesores también resisten en este lado del mundo donde pensar diferente se vuelve un delito. “La sangre de nuestros hermanos está en esta tierra; ya no nos importa qué pueda pasarnos”, confiesa una voz asediada a la que los extremistas dejaron de considerar musulmana. ¿Este es el Paraíso perdido? Como en México, el privilegio de vivir cerca del mar lo detenta una minoría económica. ¿Cuántos mueren a causa de las construcciones colosales? Para muchos, las pirámides son símbolos de una opresión histórica; lo cierto es que mientras una ciudad moderna es ruinas y fango, el Pilar de Pompeya continúa resguardado por las efigies: lo inerte que da vida en el desierto. Con fotografías de María Kodama y el Corán en la mesa de centro, asentimos a la frase: “Bad conditions for everyone in everywhere: cross your fingers for us”. Alejandría fue el centro del universo. El señuelo de los pescadores es un verso de Kaissar Afif: “In the night of homeleaving,/ homeland is a lantern”; pido un café turco en la playa, mientras observo sus lanchas frente al fuerte de Qaitibay, donde existió el Faro. Muy cerca, casi a la vuelta del Instituto Nacional de Oceanografía y Pesca, un artesano talla madera en su pequeña tienda de barcos a escala. Al fin, los chicos y las chicas se toman de la mano en el malecón; otros corren cada mañana frente al mar.
  
*
En 2013 se derrumbó el cine Rialto y a su lado se levantó El Cabina, en cuyas paredes se muestran collages y un mural de Nazir Tanbouli; los jóvenes vienen después de la escuela a leer, escuchar charlas o música en vivo: Cabina Nights. Su director es poeta y también traductor de autores irlandeses, como Micheál ÓConghaile. El pulso del lugar se acerca más al lado de Alejandría que busco conocer, aunque el tranvía siga detenido y la biblioteca esté cerrada porque arrecia de nuevo la lluvia. A falta de biblioteca, el poeta Montaser Abdel Mawgoud nos abre la suya, en la que relucen libros de Piglia, Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Borges y Juan Rulfo; es más, el poeta Rifaat Sallam (su nieta Yara estuvo en prisión por defender el derecho humano a expresar y manifestarse pacíficamente) dirige una colección que traducirá 100 títulos de la literatura universal al árabe; tras el Quijote, el segundo título es Pedro Páramo, con un bodegón de Frida Kahlo como portada. Este puerto se parece a todo puerto con la historia aun no contada, por ser empresa imposible: mirar el horizonte avasalla, al igual que los condominios inacabados, piso tras piso a medio construir, gracias a las remesas de quienes han emigrado al Golfo por mejores sueldos. El desarrollo urbano color sepia, sin planeación. De noche, la mancha urbana es visible desde el cielo, como una serie de vasos sanguíneos y arterias luminosas.
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Alguien me pregunta si me siento segura en Egipto. Esté donde esté, frente a la corrupción e impunidad estatales estoy sin garantías. He comprobado que la red y apoyo entre ciudadanos es más valiosa y fuerte que un sistema de seguridad institucional; de hecho, los oficiales de Cairo fueron las personas menos colaborativas en las calles. La prepotencia es visible en sus miradas; sin embargo, hay quienes defienden el sistema actual del gobierno de Abdel Fattah al-Sisi, como el dueño del hotel en el que nos hospedamos en Cairo. El señor Sharaf justifica el gobierno militar y su mano dura, lo que “los jóvenes hoy necesitan para salir de los cafés, dejar de perder el tiempo y trabajar enserio”, repite con enojo. Él considera que los egipcios lograron con recursos propios una verdadera transición con Sisi, sin la necesidad de una intervención de los Estados Unidos o cualquier otro país; desde luego, detestó la idea de la “Primavera árabe” en Tahrir porque el turismo descendió. El fantasma del autoritarismo recorre este hotel de apariencia liberal. Una noche antes, en una exposición de Ibrahim Khatab, un estudiante de derechos humanos de 24 años se acercó para preguntarme mi nacionalidad; luego de hablar sobre El Chapo y los estudiantes de Ayotzinapa, con desesperación me explicó que una conversación así hoy puede ser motivo de arresto: “el gobierno nos quiere callados”. Él, como casi todos los jóvenes, quiere irse del país a construir otro futuro, en un sueño por libertades y seguridad, “como ustedes a América”, finaliza. La realidad es que la búsqueda de ese sueño —y sus libertades— se restringe cada vez más en todas las sociedades. En otro círculo donde artistas visuales perdieron amigos en noviembre de 2011, la historia suena familiar; el deseo es conseguir una beca y salir a estudiar, pero no a Berlín, “ahí hace mucho frío y todo cierra temprano”, agrega una diseñadora de modas, cuyos diseños son poco convencionales en comparación con los que usualmente se miran en los aparadores egipcios. “Reserve your right to think, for even think wrongly is better than not to think at all” precisa el graffiti de Dija que cita a Hypatia, en la calle Mohamed Mahmoud, rumbo a la plaza Tahrir: un memorial de la resistencia civil y de quienes murieron en 2011 a manos de soldados, como Sheikh Emad Effat. Ali Mustafa fue asesinado en Siria, pero Omar Fathy plasmó su rosto (que fuera portada para TIME) en esta misma calle: "You are more than just a journalist" se lee en una de las paredes de The American University en Cairo. Las rosas de los tiranos no pierden belleza.
  
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En Khan el-Khalili se impone a contraluz una mezquita de siglos; especias y esencias entre telas y trusas de algodón egipcio. El zoco de antigüedades se une al de artesanías, ropa y dulces. De entre llaves antiguas, figurines de músicos de cerámica y rebabs, compro un silbato de caña para pájaros para mi colección de instrumentos (los de viento son los más populares). Junto a la también poeta Pilar, camino sin rumbo, porque “en Cairo no debes tener un plan, sólo ir”, como me sugirió una poeta tunesina, así que seguimos el movimiento. Si oyes un claxon, no puedes estar perdido, pienso. En ese ir y venir entre calles probamos el lenguaje de señas para indicarles a los locales que buscábamos el Nilo (todo el Nilo en la palabra 'Nilo', Borges dixit), y tuvimos éxito. Caminamos por un barrio de sudaneses; ellos también huyen de la pobreza y la esclavitud sexual. Un día antes, una médico de Sudán me contó en la calle (mientras me ayudaba a explicarle a un dependiente que quería vino y no vinagre de dátil) que buscaba la forma de viajar a Rusia: “sólo estoy aquí de paso”, me dijo, pero intuí que su camino sería largo. Migrar también es un derecho humano, cada vez más arriesgado, cada vez más cruel.
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Elotes, aguas de horchata y jamaica se venden en las calles; también cempasúchil. Es sorprendente el parecido entre dos culturas lejanas; no parece tan casual que D.F. y Cairo, así como Alejandría y Mérida estén hermanadas. El conservadurismo es semejante, los tipos físicos también. Pero aún pervive cierta plusvalía de la palabra que en América hemos empolvado: la franqueza. La íntima, no la convencional; la que sigue cantando porque con ello se abraza lo espiritual (cualquier forma elegida). ¿Qué significa honrar la palabra? Para mí: respirar, abrazar la libertad. Alguna vez alguien me dijo que nunca llegaría a ninguna parte; hoy sé que, llegue a donde llegue, busco darle sentido al menos a una palabra plena. Por eso quiero escuchar el mundo, para aprender, aprender de sus sabios. Repienso, tras un último té de menta en el café Zahra: ¿quién busca al desaparecido si los amartelados están sin fuerza

domingo, 15 de noviembre de 2015

De puerto a puerto

Visitamos el puerto de Alejandría y donamos ejemplares de No todas las islas a la Alexandria Library y a El Cabina, de Gudran Association for Art and Development

Posted by No todas las islas on Sunday, 15 November 2015

viernes, 13 de noviembre de 2015

Tejiendo género, Radio UNAM

Entrevista en la tercera temporada de "Tejiendo género", serie radiofónica del Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG), de la UNAM, en la señal de Radio UNAMhttp://www.radiopodcast.unam.mx/podcast/verserie/67



Zazil Collins es una joven poeta que busca un acercamiento interdisciplinario a la hora de hacer y pensar el arte. Su...
Posted by Tejiendo Género on Wednesday, 7 October 2015